La Dra. Victoria Valdés, ginecóloga de Olympia Quirónsalud, explica por qué el dolor muscular y articular puede aumentar durante la transición menopáusica y advierte de que no debemos atribuir automáticamente estas molestias a “cosas de la edad”.
Madrid, 15 de octubre de 2026.- Cuando se habla de menopausia, casi todo el mundo piensa en sofocos, cambios en la menstruación o alteraciones del sueño. Sin embargo, algunas mujeres comienzan a notar algo aparentemente menos relacionado con sus hormonas: les duelen las rodillas, las manos están más rígidas al levantarse, aparecen molestias musculares que antes no tenían o recuperarse después de hacer ejercicio cuesta más.
Y no siempre piensan en la menopausia.
El dolor musculoesquelético está adquiriendo cada vez mayor protagonismo dentro del estudio de esta etapa de la vida. De hecho, la International Menopause Society (IMS) ha dedicado el Día Mundial de la Menopausia de 2026, que se celebra este domingo, precisamente al dolor crónico en la mediana edad, un problema que considera todavía infravalorado tanto en la investigación como en la atención sanitaria.
“Muchas mujeres conocen los sofocos como síntoma de menopausia, pero se sorprenden cuando les explicamos que determinados dolores musculares o articulares también pueden aparecer coincidiendo con la transición menopáusica. A veces llegan diciendo: ‘desde hace un tiempo me duele todo’, pero no habían relacionado ese cambio con esta etapa hormonal”, explica la Dra. Victoria Valdés, especialista en Ginecología y Obstetricia de Olympia Quirónsalud y miembro de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM). La especialista pertenece actualmente a esta sociedad científica y desarrolla una parte de su actividad clínica específicamente en menopausia.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 analizó 37 estudios observacionales realizados en 22 países, con un total de 93.021 mujeres. Los investigadores encontraron dolor muscular o articular en aproximadamente el 40% de las mujeres premenopáusicas, porcentaje que aumentaba hasta el 57% durante la perimenopausia y el 59% después de la menopausia.
Esto no significa que cualquier dolor que aparezca alrededor de los 50 años sea consecuencia de la menopausia. La edad, el sobrepeso, el sedentarismo, lesiones previas, enfermedades reumatológicas y otros muchos factores pueden intervenir.
“La menopausia no debe convertirse en el cajón de sastre al que atribuyamos cualquier síntoma que aparece a partir de cierta edad. Un dolor nuevo, intenso o persistente debe valorarse. Lo importante es incorporar la transición hormonal como una pieza más del puzle y no ignorarla”, señala la Dra. Valdés.
Durante la perimenopausia, la función ovárica comienza a hacerse irregular y los niveles hormonales fluctúan antes de descender. Por eso, los síntomas pueden aparecer meses o incluso años antes de la última menstruación, algo sobre lo que la especialista ya ha llamado la atención en anteriores ocasiones.
Los estrógenos, además, ejercen efectos en numerosos tejidos y sistemas del organismo. La investigación científica estudia desde hace años la relación entre los cambios de las hormonas sexuales y una mayor predisposición al dolor musculoesquelético, aunque todavía quedan cuestiones por esclarecer sobre sus mecanismos y sobre la mejor manera de tratarlo.
Hay otro aspecto que puede hacer que las molestias resulten especialmente difíciles de identificar: los síntomas de la menopausia no suelen presentarse de manera aislada.
Una mujer puede empezar a dormir peor, sufrir sofocos nocturnos, levantarse cansada, reducir su actividad física y, al mismo tiempo, comenzar a notar mayor rigidez o dolor.
“El sueño es fundamental. Cuando dormimos mal de forma mantenida, aumenta el cansancio, disminuye nuestra capacidad para realizar ejercicio y también podemos percibir el dolor con mayor intensidad. Por eso es importante valorar a la mujer globalmente y no tratar cada síntoma como si fuera independiente de los demás”, apunta la ginecóloga.
Este enfoque coincide con la evidencia disponible sobre el dolor durante la menopausia: además de las fluctuaciones hormonales, factores como las alteraciones del sueño, el estrés o el estado emocional pueden influir en cómo se experimenta y en su repercusión sobre la calidad de vida.
Para la Dra. Valdés, uno de los principales mensajes que debe trasladarse a las mujeres es evitar dos extremos: medicalizar automáticamente cualquier cambio relacionado con la menopausia, pero también normalizar síntomas que están limitando su vida.
“Que la menopausia sea un proceso natural no significa que tengamos que asumir como inevitable todo lo que ocurre durante esos años. Si una mujer deja de hacer deporte, duerme mal o modifica su actividad cotidiana porque tiene dolor, merece una valoración y debemos estudiar qué está ocurriendo”, afirma.
Precisamente, la normalización de los síntomas femeninos continúa siendo uno de los problemas sobre los que insiste la especialista. La Dra. Victoria Valdés advierte de que muchas mujeres siguen aceptando como normales síntomas que pueden y deben valorarse y tratarse.
La aparición de molestias puede servir además como recordatorio de algo menos visible: durante esta etapa también se producen cambios en la masa ósea, la composición corporal y el riesgo cardiovascular. La OMS señala que la pérdida de densidad ósea asociada a la menopausia contribuye al incremento de osteoporosis y fracturas, mientras que el riesgo cardiovascular también cambia tras el descenso de los estrógenos.
Por ello, la actividad física adquiere especial importancia.
“A partir de la perimenopausia no debemos pensar en el ejercicio únicamente como una forma de controlar el peso. Necesitamos preservar músculo, mantener la salud ósea y cardiovascular y conservar nuestra capacidad funcional para los próximos años. El ejercicio aeróbico es importante, pero también lo es incorporar trabajo de fuerza”, explica la Dra. Valdés.
La especialista ya ha defendido anteriormente el ejercicio regular —incluyendo actividad aeróbica y de fuerza—, junto con la dieta mediterránea, evitar el tabaco y reducir el consumo de alcohol como pilares del cuidado durante esta etapa.
Aquí conviene evitar mensajes simplistas. Aunque existe una relación entre la menopausia y las molestias musculoesqueléticas, no hay evidencia suficiente para recomendar terapia hormonal específicamente como tratamiento general del dolor musculoesquelético.
No obstante, sí hay un trasfondo hormonal en los dolores musculoesqueléticos: los estrógenos ejercen actividad antiinflamatoria por lo que cuando disminuyen, el estado de inflamación crónica de bajo grado contribuye a los dolores articulares y musculares. Descartadas otras causas y en mujeres seleccionadas, el tratamiento hormonal puede contribuir a mejorar estos síntomas, si bien no es la única solución.
“La terapia hormonal puede ser una opción muy eficaz para determinados síntomas de la menopausia en mujeres correctamente seleccionadas, pero el tratamiento siempre debe individualizarse”, aclara Valdés.
La decisión debe partir de una valoración global de los síntomas, antecedentes, factores de riesgo, preferencias y necesidades de cada mujer. La propia OMS recuerda que existen intervenciones hormonales y no hormonales y recomienda valorar las distintas alternativas de acuerdo con la historia clínica y las preferencias individuales.
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